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Las gallinas y la gente

Estamos embelesados con las gallinas. Y no somos los únicos. Cuando voy a echarles un vistazo, descubro a mis vecinos estirando el cuello por encima de la valla como pájaros curiosos.

“Estamos contemplando a las gallinas”, dice Dave. Su mujer, que rara vez sale de casa, está a su lado y parece divertirse.

“Sí”, les digo, “es adictivo. Ya es la tercera vez que salgo a verlas y todavía no son las diez de la mañana”.

Las gallinas –todo sea dicho- no nos prestan ninguna atención.  Van a lo suyo, como si estuviesen demasiado ocupadas para perder el tiempo. Escarban y picotean, y devoran briznas de hierba, semillas, insectos y lombrices. Es un gusto verlas comer. Parece increíble que en los pocos metros de barrizal haya nada comestible, pero a juzgar por su frenética actividad la tierra parece abundar en delicias. En parte nuestra satisfacción se debe al hecho de descubrir que las gallinas son a la vez glotonas y gastrónomas. Se ponen moradas con todo lo que pillan pero, a la vez, hay ciertos manjares que parecen producirles un especial deleite. Cuando Betty encuentra uno de esos bocados exquisitos, echa a correr con él en el pico, mientras las otras la siguen en un frenesí de aleteos y cacareos excitados.

Mike, el vecino de arriba, también viene a ver las gallinas y nos cuenta historias de cuando los vecinos del pueblo solía tener gallinas en sus jardines traseros. “La gente, por aquel entonces”, dice, “era más autosuficiente y sabía hacer cosas”. Me pregunto, si será eso por lo que nos tienen tan cautivados las gallinas, por la destreza de sus instintos y su sentido de propósito. Sea por lo que sea, ahí estamos, absortos. Y hasta Mike, que es un tipo tímido, se queda un buen rato con nosotros, charlando sobre aves y lo que se cuadre, sin despegar los ojos de ellas.

En los días siguientes, más vecinos y amigos visitan el gallinero. No me esperaba algo así. Jamás hubiese pensado que las gallinas iban a crear tanto interés y que nos congregaríamos a su alredor, como alrededor de un fuego plumífero y cálido.

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Los nombres de las gallinas

Las gallinas tienen nombre, por supuesto. Es una de las primeras cosas que todos hacemos cuando un animal entra en nuestra vida. Se podría decir que al nombrarlos, los hacemos nuestros, los convertimos en objetos de nuestra propiedad. A través de un nombre proyectamos sobre ellos ideas y expectativas, enfatizamos ciertas características. Siendo un poco menos cínico, diría que al nombrarlos les damos individualidad, un recipiente que ellos llenarán con su personalidad, con las anécdotas y la historia de sus vidas. Pero lo que realmente me parece importante es que al otorgarles un nombre, tendemos un puente hacía esos seres  todavía desconocidos, como un modo (torpe y muy humano) de sentar los cimientos de esa relación que nos va a unir a ellos. Y ese puente es un puente de rudimentario afecto. Nuestra dependencia de las palabras es tal que parece que las necesitamos hasta para querer. Quizás por eso inventamos nombres secretos para nuestros amantes, en un intento de crear una intimidad exclusiva.

Las gallinas se llaman Betty, Elsa y Quetzalcóatl. Para las gallinas sus nombres no significan nada. No necesitan palabras para relacionarse con los otros, sean de la especie que sean. Las gallinas tienen otros modos de darle sentido al mundo.

No sé si las gallinas son capaces de aprender a responder a su nombre, como los gatos o los perros. Espero que no. Cuando les abro la puerta del corral no se acercan a mí moviendo el rabo ni se frotan contra mi pierna, sino que se mantienen cautelosas y desconfiadas. Mi primera impresión es que son muy distintas a todos los animales de los que tengo experiencia. Y eso es bueno porque quiere decir que tengo mucho que aprender. Habré de buscar la forma de relacionarme con ellas en sus términos. Tendré que aprender a ganarme su confianza y su afecto. Deberé intentar meterme en su cabeza para averiguar qué les gusta y qué no para hacer que su vida sea lo mejor posible ¿Hay alguien que se pueda imaginar una empresa más fascinante?

La llegada de las gallinas

Probablemente debería empezar este diario relatando todo lo que sucedió antes de la llegada de las gallinas. Como por ejemplo, las horas que pasé en Internet en busca del gallinero perfecto. O el disgusto que me llevé, y que casi dio al traste con nuestros planes, cuando una vecina me dijo que las escrituras del piso no me permiten tener gallinas en el jardín. Quizás debería mencionar los libros sobre avicultura que leí con una mezcla de entusiasmo y ansiedad, intentando memorizar todo lo importante. Pero estos preámbulos resultarían aburridos porque la verdad es que las gallinas ya están aquí, escarbando en el jardín, y lo demás no importa.

Mi jefa, que es una experta cuidadora de gallinas, me llevó la semana pasada a una granja de East Lothian. Llevamos un par de transportines para gatos. Cuando de niño iba con mi madre a comprar gallinas, la granjera usaba cajas de cartón en las que tajaba agujeros triangulares con una navaja para que las gallinas pudieran respirar. Luego cerraba la caja y ataba una cuerda sobre las tapas. Recuerdo la emoción con que yo llevaba la caja agujereada en los brazos, mientras en su interior las gallinas movían los pies intentando mantener el equilibrio. Para mí aquello no se trataba de una compra sino de llevar a casa animales para hacernos cargo de ellos. Y, así, caminaba hacia el coche abrazado a la caja con el pecho henchido de responsabilidad y teniendo cuidado de no tropezar.

El granjero de East Lothian había apartado unas cuantas gallinas en un gallinero para que pudiera elegir cuáles me quería llevar. Aunque siempre estoy encantado de llevarme animales a casa, detesto tener que elegir. Hay algo inicuo en ese acto de elección. Por suerte las gallinas no actuaron como los perros de la protectora de animales, que ladran en el frente de la jaula, como diciendo “llévame contigo, llévame por favor”. Las gallinas, de decir algo habrían dicho “aléjate de mí, por favor”. Además estaba el hecho de que así, de buenas a primeras, todas las gallinas parecían iguales. La decisión fue fácil y justa. Había tres razas distintas: me lleve una de cada.

Cuando llegamos a casa ya había anochecido. Lo único que podía hacer era meter las gallinas en el gallinero (que es como una caseta de perro, con perchas y nidales en un lateral) y dejarlas que se pusieran cómodas. Fuimos a verlas un par de horas más tarde. Siguiendo su instinto de supervivencia, se habían acurrucado entre sí sobre la percha. Sus ojos brillaban recriminatorios a la luz de la linterna. Querían que las dejáramos en paz.

Fue difícil esa primera noche. La alegría por su llegada se tiñó con el desasosiego de imaginarlas encerradas en la oscuridad extraña de su nuevo hogar.